
Esto puede ser loable en cualquier país medianamente desarrollado donde hay un mercado cultural interesante o donde el Estado asume el rol que le corresponde y existe una generosa oferta de cinetecas, las salas ofrecen un abanico más amplio y el público no tiene que verse sometido a la dictadura de Harry Potter, Shrek 4 o la basura de turno.
Pero en Chile la realidad es la que conocemos y por lo tanto, estos antros caóticos constituyen un manantial de las delicias, una alternativa fundamental al Block Busters o al HBO, para quienes hemos caído bajo el hechizo del cine que viene del otro lado del horizonte. Hay que tener valor y paciencia para meterse a bucear en las polvorientas estanterías de alguno de estos locales, pero al final se sale airoso cuando se encuentra alguna joyita del cine oriental o europeo, cosa que suele ocurrir.
Títulos que de otra manera solo sería posible apreciar en algún improbable ciclo de cine arte o recurriendo al download (o al amazon para los más pudientes) es posible encontrarlos a módicos precios aunque no siempre en la mejor calidad.
De esta forma, películas como Madre, The Host y Memories of Murder del coreano Bong Joon-ho, la versión de Kon Ichikawa de los 47 Ronin, o algún animé perdido de Gona Gai, llegan a las manos del que persevera.
La larga cola de las tecnologías digitales hacen viables estos "emprendimientos" que ponen al alcance de nuestras manos esta ventana mágica que nos permite asomarnos a otro mundo y gracias al cual podemos conocer algo de los miedos y las obsesiones del pueblo japonés, coreano o chino y darnos cuenta con películas como Tae Guk Gi: The Brotherhood of War del coreano Je-gyu Kang, Assembly del chino Xiaogang Feng o la brutal City of Life and Dead de Chuan Lu, que el cine bélico no había terminado con el soldado Ryan ni con The Thin Red Line, o que gracias a Thirst de Park Chan-Wook, aún es posible una mirada fresca al género de vampiros.
Asi que ánimo, el centro de Santiago es más que smog y cafés con piernas.

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